¿Qué comemos cuando comemos?

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El cultivo de soja ha liderado la incorporación de tecnología a través de la expansión de variedades transgénicas resistentes a los herbicidas y al consumo exponencial de este químico. La soja es el más importante por la extensión productiva, aunque no el único, pero permite introducirnos en el problema del uso indiscriminado de la agricultura química sin reglas ni controles. El tipo de modelo de agricultura con agroquímicos que se enfrenta claramente con el modelo de agricultura orgánica o agroecológica, trae consecuencias diarias y concretas sobre nuestros alimentos.

El tema de la soja genera intensos debates. Para algunos, es “nuestro gran empleo en el mundo”, el cultivo que ha permitido el despegue de la economía argentina debido a su alta rentabilidad y, para otros, la causante de serias consecuencias ambientales y sociales como la tala indiscriminada de árboles, la destrucción de los empleos rurales y la expulsión de comunidades indígenas. Es evidente que nos debemos un debate profundo sobre la matriz de nuestra economía y sus alternativas, así como un análisis sobre sus consecuencias extremadamente negativas sobre las poblaciones vulnerables y el ambiente. ¿Será como plantean algunos que solo la diversificación productiva es compatible con la inclusión social y el equilibrio externo o el cambio deberá ser aún más radical? ¿Hasta cuándo podemos seguir destruyendo nutrientes y generar zonas desérticas con el modelo de producción actual? ¿Cuál es el limite?

Pero el tema de la agricultura no se detiene ahí. Éste es tan sólo su aspecto más estructural; tiene otras caras que, como percibimos, ya vencieron las barreras del ambiente y afectan directamente a nuestra salud. ¿Qué hay detrás de los pesticidas y de los alimentos que llegan al plato familiar? ¿Hasta dónde estamos contaminados?

Una alarma

Una alarma suena fuerte, la luz roja está prendida y la falta de información se combina con un discurso que bien maneja el “neolenguaje de la tranquilidad”. Así Fernanda Sandez lo fundamenta con una investigación que ha concluido en La Argentina fumigada, su último trabajo publicado por la Editorial Planeta que logra poner luz en un camino que está construido con laberintos e intrigas por todos los involucrados en el floreciente y multimillonario negocio de la agricultura química. En la investigación Sandez asegura que mientras que en las últimas décadas la superficie cultivada en Argentina creció casi el 62 por ciento (AAPRESID), el mercado de los herbicidas creció más del 1000 por ciento (INTA).

El sector de los agroquímicos que se utilizan para producir cada cosa que comemos y vestimos mueve —sólo en Argentina— cerca de 3.000 millones de dólares al año. Sin embargo, la autora advierte que pueden ser aún mayores porque en 2012 las principales cámaras empresariales del rubro han dejado de hacer públicas las cifras, arguyendo la “incomodidad” de sus socios con esa clase de revelaciones. El cultivo extensivo está viciado por los químicos que actúan inexorablemente sobre una tierra muerta que tiene la función de reproducir el negocio.

En el “otro camino”, todavía se respeta y se apuesta a la tierra sana, abundante con cielo de estrellas y mariposas que vuelan sobre un ecosistema que es rico en especies animales y vegetales. Para el que puede percibir la belleza de la vida surge el impulso visceral de proteger la naturaleza y seguir apostando a ella. Votar por ella significa obtener alimentos sanos, vivos, con todos los nutrientes y propiedades. Pero para esto vamos a tener que apostar a nuestra conciencia –y mucho– porque todo el discurso construido nos arrastra a aceptar como sanos alimentos que no lo son. Sandez explica: “Mientras tanto, y a excepción de la producción orgánica o agroecológica, no hay cultivo en nuestro país —no importa si peras, papas, acelgas, soja o los árboles para la industria forestal— que no reciba una enorme carga química a lo largo de todo su ciclo. Parte de esa química permanece en las frutas, hojas y cereales que comemos, y de allí el establecimiento de algo llamado ‘límite máximo de residuos’ (LMR). Esto es la cantidad de restos de pesticidas que (dice la industria, dice el Estado a través de sus organismos, dicen todos los que lucran con esa naturalización de lo que no lo es) podemos comer sin que nuestra salud sea afectada”.

Ma sí, véndele el alma al diablo

En Argentina si hablamos de transgénicos no podemos hacerlo sin hablar de soja: casi el 70 por ciento de la superficie sembrada en el país está cubierta por esta planta. Esta soja transgénica no necesita la labranza del suelo para ser plantada, como dice Soledad Barruti en su libro Mal comidos: “En el sistema conocido como siembra directa, todo el trabajo radica en hacer una pasada de glifosato para que desaparezcan las malezas y, luego, con una sembradora, que apenas abre un surco en el suelo, se arrojan las semillas de las que solo hay que esperar que crezcan. Sin la necesidad de mano de obra rural, los pobladores de las regiones productivas se volvieron un estorbo para los grandes productores”. La pregunta es: ¿dónde va a parar toda esa soja, que en muchos países no es apta para el consumo humano? Aproximadamente el 80 por ciento de la producción de soja de nuestro país se utiliza para el engorde de ganado en China y Europa. El 99,8 por ciento de los piensos animales en la UE están etiquetados como organismos modificados genéticamente, es decir que casi el 100 por ciento de lo que comen los animales tiene algún componente transgénico. Es muy probable que esos residuos tóxicos terminen, de una forma u otra, en los platos de los ciudadanos, ya que los animales –como muchos sectores más vulnerables de la población mundial– no gozan del derecho a elegir que comer.

Qué preguntas hacerle al discurso dominante

Abrimos el debate porque todavía estamos a tiempo y acompañamos las preguntas que se hace y nos hace Fernanda Sandez: ¿Cuáles son las garantías? ¿De dónde viene la idea de que se pueden producir alimentos en base a venenos y se puede terminar comiéndolos, así sea en pequeñas dosis cotidianas, sin que nada suceda? ¿Cuáles son las consecuencias de ese microenvenenamiento en el largo plazo? ¿Responderán todos los cuerpos del mismo modo frente a la agresión? ¿Es acaso lo mismo que se exponga un adulto de 70 kilos que un niño de 18 meses? ¿Quiénes son los que están tan interesados en que sigamos creyendo que esa es la única manera de que comamos todos? La respuesta que dan al unísono empresas, profesionales de la agronomía, aplicadores de plaguicidas y el Estado es que no hay nada de qué preocuparse. Pero esto hace ruido, incluso en aquellas almas un tanto distraídas. El tema es no seguir, la actitud es detenerse a analizar: ¿Qué tal si resulta cierto el dicho “somos lo que comemos”?

¿Cuáles son los caminos alternativos para alcanzar una alimentación sana y consciente? ¿Por qué la Asamblea General de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (F.A.O.) centra la atención mundial en el importante papel de la agricultura familiar en la erradicación del hambre y la pobreza, la consecución de la seguridad alimentaria? ¿Podemos alimentar al país de esa manera? Son algunas de las preguntas que comenzamos a hacernos desde el año 1996, año que se registra como inicio de un proceso de producción orgánica a mayor escala.

Según los datos publicados por (SENASA, 2015) la superficie actual es de 3,2 millones de hectáreas, que incluye producción vegetal y animal. La producción animal ocupa 2.814.069 hectáreas y de éstas un 95 por ciento están en la Patagonia. El mayor volumen de la producción orgánica (las producciones más importantes son de cereales y oleaginosas) según las estadísticas oficiales, se exporta (99 por ciento), pero un 1 por ciento se destina a mercado interno, que está en aumento continuo.

El destino más importante de nuestra producción es Estados Unidos, ya que es un país donde el consumo de productos orgánicos es muy alto, y supera al 50 por ciento del total exportado. También exportamos a la Unión Europea a países como Suiza (principal comprador), los Países Bajos, Alemania, Reino Unido, Dinamarca, Irlanda, Italia, Rumania Polonia y Suecia y a otros destinos como Japón, Canadá, Ecuador, Rusia, Brasil, Angola, Argelia, Costa Rica, Colombia, Bolivia, Australia, Chile, China y Corea.

De acá a la China

La excusa de esta progresiva evolución de lo transgénico es que la tecnología sería la única opción asequible ante la crecida demanda de producción alimentaria mundial. Pero esas plantaciones no solo están dejando sin nutrientes a la tierra, que necesitará siglos para recuperarlos, sino que también están enfermando a los ciudadanos que habitan cerca o que las consumen. Pero, ¿por qué estas tierras no son utilizadas para alimento de calidad para los humanos? Entre otras cosas, porque la demanda de proteína animal sigue en aumento, sobre todo en países en donde no solía comerse ni tanta carne, ni mucho menos lácteos, como lo es China.

En 2001 China se incorporó a la OMC (Organización Mundial de Comercio) y abrió la totalidad de su economía, en primer lugar la agrícola; y así comenzaron en gran escala las importaciones de granos, y principalmente, la soja. En 1982, los chinos comían una media de 13 kilos de carne al año. Ahora, esa cifra es de 63 kilos y se espera que aumente 30 kilos más por persona para el 2030. La globalización ataca primero por lo que hacemos más cotidianamente: comer. El pueblo chino obtenía hasta el año 2000 más de 90 por ciento de las calorías necesarias para su alimentación de las proteínas vegetales (arroz, trigo, mijo, porotos, etc.). Y no es casualidad que también, antes de este cambio, tuviera el porcentaje más bajo a nivel mundial de enfermedades que están relacionadas con la alimentación, tales como las enfermedades coronarias, osteoporosis, obesidad y varios tipos de cáncer (The China Study).

Luego de la cumbre climática de París, el gobierno chino ha esbozado un plan para reducir el consumo de carne de sus ciudadanos en un 50 %. No sabemos si China logrará dar este cimbronazo, pero sí sabemos que el cambio de alimentación es fundamental para construir las bases de una sociedad más justa y sana, de acá a la China.

Fuente: http://bit.ly/2fWeyjs

Fuente:http://annurtv.com/annurlife/que-comemos-cuando-comemos/