“PONCHO, la legendaria vida de un perro polar argentino

Argentina dimensión Bi/Continental

Historias de la exploración al Antártico – El perro polar Argentino

– Poncho … “Nacido para Explorar”

Una historia real de la exploración de nuestra Antártida.

Transcripción del libro “PONCHO, la legendaria vida de un perro polar argentino”

Prólogo

En el año 2006 se creó la Comisión Organizadora del Año Polar Internacional Tierra del Fuego (decreto provincial 1304/06), con el propósito de difundir el conocimiento sobre la Antártida en la comunidad fueguina, dado su carácter de comunidad circumpolar, y resaltar la relevancia estratégica del continente blanco para la Argentina. Nuestro país mantiene una presencia estratégica de más de 100 años en el sexto continente y reclama derechos sobre parte del territorio antártico.

La Comisión está integrada por representantes de instituciones provinciales y nacionales de educación y ciencia, fuerzas armadas, museos con sede en esta provincia, diversas ONGs, gobiernos provincial y municipal comprometidos con la visión de una Argentina grande, que incluye la Antártida.

La Antártida guarda las reservas naturales más valiosas de la Tierra, lo que la hace codiciada por muchas naciones. Por otra parte, los hielos de la Antártida cobijan otros tesoros invaluables como son las proezas de los valientes exploradores, que llevaron la bandera argentina hasta el Polo Sur, desafiando el inhóspito territorio y los agitados mares australes. Un colaborador imprescindible en esta época pionera de exploración fue el perro polar.

Este libro recoge la historia de Poncho, un ejemplar excepcional de perro polar que se destacó por su fuerza, inteligencia y lealtad, condiciones que lo convirtieron en un auténtico líder entre los perros adiestrados para arrastrar los trineos, único medio de transporte para los expedicionarios en esas primeras campañas antárticas. Poncho es nuestro héroe; sus hazañas han trascendido hasta ocupar un lugar en la historia nacional.

El lector tiene en sus manos un libro que relata una historia diferente de la exploración antártica. Un libro que a través de las acciones de Poncho transmite valores como el esfuerzo y la tenacidad, que son formadores para el carácter de nuestra juventud.

En nombre de la Comisión y a cargo de la Presidencia Honoraria en representación de la Universidad Tecnológica Nacional, considero que este libro es un aporte valioso para acercar emocionalmente a la comunidad fueguina al continente antártico.

Este libro ha sido posible gracias a la colaboración y entusiasmo de varias personas, entre las cuales deseo agradecer personal e institucionalmente al autor, Emilio Urruty, y a Fulvio Baschera, Gerente Ejecutivo de El Diario del Fin del Mundo, por su gestión para concretar la edición de este libro.

Liliana del V. ABASCAL
Presidencia Honoraria
Universidad Tecnológica Nacional
Diciembre 2009

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Palabras iníciales

La Gran Historia de la Exploración Antártica, hecha de sueños, corajes y sacrificios, nos pide hoy que contemos una de sus pequeñas historias: la vida legendaria -pero real- de un perro de trineo llamado “Poncho”.

Entre todos los perros polares que trabajaron en nuestra Antártida, Poncho fue el más querido, el más respetado, y es aún al que mejor se recuerda debido a sus múltiples hazañas. Sin embargo, el prestigio individual de este animal, ampliamente justificado por una existencia a la que podríamos calificar como épica, llena de peripecias y extremos, se desborda en mito y así alcanza a cada uno de los cientos de canes que, como él, vivieron en el Antártico a lo largodel Siglo XX. Aquellos perros, y los hombres junto a quienes ellos supieron servir, vivieron sus aventuras durante una etapa heroica que difícilmente podría volver a darse.

Por cierto, Poncho pertenecía a una estirpe irrepetible, hoy extinguida. Descendía directamente de perros nórdicos, cuyas características habían sido modeladas a lo largo de miles de años para sobrevivir en el hostil ambiente polar.

Corría por las venas de Poncho una sangre rica en aportes diversos, una mezcla de varias razas de perros que los antiguos pueblos del Ártico, a través de muchísimas generaciones, habían ido especializando para la tracción de trineos sobre hielo y nieve, y para trabajar bajo las más bajas temperaturas, que sólo se registran en los polos de la Tierra.

Esa cruza de sangres había dado lugar a una nueva casta de perros de trabajo, creada y desarrollada por el Ejército Argentino para actuar en la Antártida. Eran animales robustos, resistentes, dóciles e inteligentes. La raza fue conocida como “Perro Polar Argentino”, y existió como tal unos cincuenta años. Fue el producto de la labor sostenida de una treintena de suboficiales enfermeros veterinarios. Pero hacia la década de los `90, disposiciones internacionales obligaron a retirar todos los perros del continente antártico. Así comenzó la extinción para este linaje notable, que hoy es apenas un recuerdo para los nostálgicos de aquellas épocas, y a lo sumo puede constituir una rareza para el estudioso de las razas caninas, presentes y pretéritas.

Así es: ya no quedan perros polares argentinos. Sólo en algunos rincones de la Patagonia, y también en la Tierra del Fuego, más precisamente en Ushuaia -la ciudad más austral y la más cercana al continente antártico-, viven unos pocos descendientes de aquellos animales formidables, ya muy mezclados. Y casi como un homenaje a sus nobles antepasados, estos perros de hoy, todavía portan arneses y tiran de sus trineos a través de los valles nevados del
extremo sur de América.

Justamente allí, en Ushuaia, después de haber participado en las más gloriosas expediciones antárticas de la historia argentina tirando de un trineo, y de haber liderado patrullas a través de miles de kilómetros en las más difíciles condiciones de terreno y clima; tras haber salvado varias vidas en rescates temerarios, y haber sobrevivido a las traicioneras grietas glaciales y a muchos inviernos crudos; en fin, después de haber hecho todo lo que un perro polar ideal no sería suficientemente capaz de hacer, a Poncho le fue dado agotar sus últimos años con placidez, acompañado por viejos camaradas. Fue una recompensa silenciosa que el destino le tenía reservada, después de tantos esfuerzos.

Aún en el ocaso de su vida, el veterano héroe polar seguía irradiando dignidad. Muchos niños fueguinos venían a visitar a Poncho en su última morada. El perro pasaba los días mansamente echado en el jardín del hoy desaparecido Hotel “Antártida”, y los chicos se acercaban a verlo con una mezcla de admiración y temor reverencial, como quien se arrima demasiado a un león. Entonces, el viejo perro sentía nuevamente el llamado de su raza, se incorporaba y, aunque fueran muchos, los llevaba a pasear por la ciudad nevada, sobre un trineo improvisado. Volvía a ser el valiente y confiable Poncho de sus mejores días antárticos.

Este extraordinario perro polar vivió extensa e intensamente. A lo largo de su trayectoria vital, supo entregar todo de sí en la tarea para la que había sido mejor dotado, tanto por naturaleza como por aprendizaje: la tracción de trineos.
Siempre encabezando el tiro, guiando al grupo por las vías más seguras, en un territorio donde no existen los caminos y el blanco se extiende, desconcertante y cruel, a veces hasta el mismísimo horizonte. Los otros perros del equipo, y hasta los hombres, confiaban ciegamente en Poncho. Se sentían protegidos con su sola presencia.

Todo en él inspiraba confianza y seguridad, incluso su cuerpo. Era macizo, con el pecho ancho, potente; el lomo alto y el cuello grueso, con abundante pelo doble; las patas robustas pero no pesadas; el dorso musculoso, de un denso manto color crema claro con manchas grisáceas; la cola plumosa, blanca, enrollada sobre el lomo, y erguida, señal inequívoca de una moral alta.

Y, por supuesto, estaba su cara. ¡Ah, la cara de ese perro…! Con las orejas oscuras, atentas; el hocico elegante, levemente más agudo que en otros perros polares, y como con un “bozal” de pelo gris; y la mirada inteligente, viva, afectuosa, de unos ojitos color almendra que parecían estar siempre escrutando a lo lejos, como anhelando el siguiente desafío.

Y sí: su excelente disposición para el trabajo era permanente. Un espíritu de exploración lo acompañaba desde los primeros tambaleantes pasos que dio en su lugar de nacimiento: la Base “Esperanza”, en nuestra Antártida. Era su presteza lo que más lo destacaba de entre sus hermanos. Esa alegría de vivir nunca lo abandonó, a pesar del desgaste de las largas expediciones, y los peligros de algunas patrullas; incluso en situaciones de fuerte estrés, donde otro animal –aún el más preparado- no habría logrado sobrevivir.

Decíamos antes que no sólo vivió intensamente; Poncho alcanzó una edad mucho más alta que el promedio de la mayoría de los perros: casi 18 años. Merecía un “retiro honorable” y lo tuvo. Al morir, no pudo estar mejor acompañado; a su lado, cuidándolo, estaba uno de sus viejos camaradas antárticos (no canino sino humano, pero camarada al fin), con quien había compartido los radiantes días de la juventud, entre patrullas de rutina, invernadas durísimas y expediciones de largo aliento hasta los confines polares. Perro y hombre se profesaban mutua admiración y amistad; estarían unidos también en el momento del adiós.

La existencia de Poncho estuvo signada por esos vínculos indisolubles que se forman entre quienes han compartido la experiencia de una aventura extrema. Desde cachorro, le tocó convivir con hombres excepcionales, dotados – también ellos- de una increíble tenacidad y resolución para enfrentar los desafíos. Duros, hechos a las inclemencias y a los silencios, aquellos antárticos eran, a su modo, unos soñadores, pero no soñadores ociosos, sino de ésos que ponen manos a la obra y convierten sus sueños en hechos.

Aquellos hombres eran también capaces de la ternura: llamados a permanecer durante tanto tiempo lejos del calor de su hogar, manifestaban el afecto dedicando a los animales muchas horas de juego y caricias, que eran recibidas dócilmente y retribuidas como ya sabemos que lo hacen los perros. Y, en medio de la hostilidad del terreno, sabían que dependían unos de otros. Ese lazo afectivo los unió fuertemente como equipo y fue la base que hizo posible tantas expediciones, las muy conocidas y otras no tan divulgadas, que la Argentina, como país pionero en la exploración del Antártico, llevó adelante durante la segunda mitad de Siglo XX.

Alguien razonó que si “la Patria se hizo a caballo”, como suele leerse en los libros de historia, no es menos cierto que “la Antártida se hizo con perros de trineo”. Y es verdad. Se hizo con perros… como Poncho.

La historia que sigue es la de este perro excepcional. Es una historia absolutamente real. No fue necesario exagerar los hechos ni dramatizar situaciones para realzar la figura de Poncho, porque la documentación histórica existente era lo suficientemente abundante y descriptiva de sus hazañas. Consultamos, por ejemplo, una gastada Foja de Servicios, que el Ejército Argentino abrió para Poncho cuando éste nació, donde ha quedado registrada la actividad intensa que el perro desplegó en la Antártida; rastreamos sus huellas en los informes oficiales de cada expedición; buscamos testimonios de los hombres que trabajaron con él, que lo querían, lo admiraban y que aún hoy guardan de Poncho el mejor de los recuerdos. Ellos, que pasaron las mismas aventuras que el perro, son los que no dudan en llamarlo “héroe”, sabiendo que tal calificativo no le queda holgado.

En mi juventud, tuve la fortuna de haber conocido a los perros polares argentinos en acción, en la Base “Esperanza”, cuando todavía no se hablaba siquiera de evacuarlos de la Antártida. Y hasta pude recorrer algunos kilómetros con uno de esos trineos legendarios, tipo “Nansen”. Aquella experiencia ha vuelto una y otra vez a mi memoria mientras trabajaba en la redacción de este libro.

En forma intencional, no incluí en el relato nombres ni apellidos de personas, por más célebres o importantes que éstas hayan sido dentro de la historia antártica argentina. Nadie les quita haber sido los protagonistas indiscutibles de la epopeya que nos ocupa, pero bien pueden no figurar aquí. La omisión de sus nombres ayudará a iluminar mejor la gesta polar en toda su dimensión, sin enfocarnos en lo personal. En definitiva, ni siquiera se trata de celebrar la figura
de Poncho, sino al espíritu que él supo encarnar. Y para eso no hacen falta los nombres ni los egos.

Emilio Urruty,
Ushuaia, Tierra del Fuego.
Primavera de 2009.

El explorador antártico que cobijó a Poncho hasta su muerte, hizo suyas las palabras que Lord Byron escribiera alguna vez como epitafio para su perro Boatswain:

“Aquí reposan los restos de
un ser que poseyó belleza sin vanidad,
fuerza sin insolencia, valentía sin ferocidad,
y tuvo todas las virtudes del hombre sin sus vicios.
Este elogio, que sería adulación sin significado
si fuera escrito sobre las cenizas humanas,
es simplemente un justo homenaje
a la memoria de un perro”.

PONCHO
1961-1978

CRONOLOGÍA DE PONCHO:

1961, 10 de abril: Nace “Poncho”, hijo de “Coca” y “Flecha”, en la Base Antártica “Esperanza”.
1961: Durante primavera y verano, comienza su instrucción. Es atado por primera vez al tiro de un trineo, en la tercera yunta. Primeras patrullas cortas.
1962: Continúa su instrucción. Trabaja en la segunda o tercera yunta del tiro. Participa de patrullas de verano. Integra el grupo avanzado de reconocimiento a la Base “Teniente Matienzo” (ida y vuelta), con miras a la Expedición
Terrestre Invernal Antártica entre bahía Esperanza y bahía Margarita. Recorre más de 1.000 kilómetros.
1963: Participa (a partir de ese año, siempre como perro-guía) en patrullas varias sobre mar congelado y tierra firme: Refugio “Cristo Redentor”; Refugio “Güemes” a Corredor Cerro Taylor; Esperanza – Punta Pitt – Esperanza;
Esperanza a Crystal Hill; Paso Cap Farrell a Esperanza. Lidera el transporte de materiales para la construcción del Refugio “San Nicolás”. Recorre más de 1.500 kilómetros.
1964: Participa de patrullas varias. Recorre más de 500 kilómetros. En diciembre es transferido a la Base “General Belgrano”.
1965: Participa de la Primera Expedición Terrestre Argentina al Polo Sur Geográfico (“Operación 90”). Integra la Patrulla de Reconocimiento “Paralelo 82”, que explora el cordón de nunataks Santa Fe. Integra la Patrulla de Auxilio que rescata a los sobrevivientes del avión “AE-205”, accidentado al Sudeste de la Base “General Belgrano”. Recorre 1000kilómetros.

1966: En verano, salta en paracaídas desde un helicóptero, junto a otros dos perros, dos oficiales y cargas varias, como parte de un ejercicio de rescate, cerca de la Base “General Belgrano”. En primavera participa de una patrulla de reconocimiento desde la Base “Belgrano” hasta la estación “Shackleton” (británica) con miras a la Expedición a la Barrera de Hielos Filchner: desde “Belgrano” hasta la caleta Jardinero, en noviembre de ese año, en la que también actúa, haciendo reconocimientos hacia la Península Antártica y península Bowman. Recorre unos 250 kilómetros. 1967: Participa de una campaña invernal, que parte de la Base “Esperanza” y hace paradas en el Refugio “Güemes”, el Refugio “Cristo Redentor”, y la isla Acantilado, con regreso a “Esperanza”. En primavera participa de varias patrullas entre la Base “Esperanza”, el Refugio “View Point”, el Paso Fuerte, entre otros puntos, con regreso a “Esperanza”. Recorre unos 250 kilómetros.

1968: Participa de la patrulla que recupera los restos del avión “AE-205” (accidentado en 1965 al Sudeste de la Base “General Belgrano”).
1969/71: Participa de patrullas cortas. Es relevado de tareas pesadas.
1972: No trabaja.
1973: Es trasladado en el rompehielos “San Martín” hasta Ushuaia, donde lo recibe la familia Giró y lo alberga en el Hotel “Antártida”, de su propiedad.
1976: Sufre un accidente en Ushuaia y un veterinario aconseja sacrificarlo. La familia se niega.
1977/78: Participa de desfiles cívico-militares en Ushuaia, en exhibiciones invernales y en eventos varios, tirando de un trineo, llevando niños fueguinos como pasajeros.
1978: En primavera, Poncho muere en Ushuaia. Se intenta su taxidermización (embalsamamiento), sin éxito.
1979: La noticia de su muerte aparece publicada en el periódico “Semanario de Actividad Territorial”, de Tierra del Fuego, y diario “La Prensa”, de la ciudad de Buenos Aires.
1998: Se abre un local comercial con el nombre de “Poncho”. Su logotipo es la cara de un perro polar.
2007: Se funda en Ushuaia la Agrupación Social y Deportiva “Poncho Mushing”, para la enseñanza y práctica del manejo de trineos de perros.
2009: Se publica esta biografía de Poncho, como parte de la celebración de la “Semana de la Antártida en Tierra del Fuego” (3ra. Edición). Lanzan una convocatoria para erigir un monumento a Poncho en Ushuaia, en el “Paseo de Pioneros Antárticos”, sobre la avenida costanera Maipú, a orillas del canal Beagle.

I – NACIDO PARA EXPLORAR

Estas páginas cuentan la historia de un perro antártico de trineo, llamado Poncho. Era un típico perro polar argentino, grande, muy fuerte, de abundante y espeso pelaje blanco cremoso, con algunas manchas grisáceas en el lomo y en la cabeza. La cara era inconfundible (quienes lo conocieron no pueden olvidar aquella “máscara” única): en ella se adivinaban algunos rasgos de sus antepasados más antiguos, los perros-lobo del Ártico, con las orejas en punta, triangulares y oscuras, manchas a los lados de los ojos y como con un bozal gris en el hocico, típico de algunos perros groenlandeses. Pero que nadie piense que eso lo hacía lucir feroz. No. La expresión general del semblante de Poncho era franca, amigable. Su gesto era dócil y afectuoso, de una inteligencia viva. Sólo le faltaba hablar.

Estaba bien acostumbrado a las personas y disfrutaba estando con ellas: había nacido en la Antártida, en una base argentina de significativo nombre, “Esperanza”, rodeado por hombres que lo atendieron y mimaron desde el instante mismo en que nació, el 10 de abril de 1961.

Ya desde sus primeros días, Poncho se destacó por ser el cachorro más juguetón de la camada. Sus hermanos lo seguían en cada paseo que él proponía. Había venido a este mundo para explorar y, si podía, para encabezar el grupo. Así habría de hacerlo hasta el fin de sus días de aventura polar.

En aquellas primeras jornadas de descubrimiento del lugar donde le había tocado nacer, Poncho comprobó que una gran actividad se desarrollaba dentro y fuera de las casas. Los hombres de la Base “Esperanza” iban y venían, con sus gruesos abrigos color naranja, pesadas botas blancas de lona encerada y suela de goma negra, y con mitones en las manos. Algunos pasaban casi todo el día con los perros, al aire libre, bajo implacables temperaturas, instruyéndolos, acostumbrándolos a los arneses, a los trineos y a las voces de mando, o saliendo con ellos a patrullar.

Animales y humanos se unían en el trabajo común. Aprendían a reconocerse por la voz y los ladridos, por el olor, por los gestos, por las miradas. Era su gusto, y su deber, conocerse profundamente, formar un equipo, confiar unos en los otros, saber de qué eran capaces si el destino los ponía a prueba.

Las patrullas en trineo de perros podían ser cortas o largas, pero bastaba alejarse lo suficiente de la base para entender que, a partir de ahí, la supervivencia del grupo corría por su exclusiva cuenta. Todo dependía de ellos, de su capacidad para planificar la travesía, primero, y luego, de su resistencia para superar las largas jornadas y las condiciones del viaje, previstas o imprevistas.

El clima podía cambiar repentinamente; podía desatarse una ventisca que obligase a detener la marcha, acaso por varios días. Quizás apareciesen obstáculos insospechados en el terreno que pisaban. Muchas veces ese “terreno” ni siquiera merecía ser llamado así, porque era en realidad mar congelado. La capa de hielo marino resultaba muy apropiada para avanzar, sobre todo cuando ésta estaba firme, pero su firmeza no era permanente: en cualquier momento podía empezar a descongelarse sin previo aviso, fracturándose en mil escombros flotantes. Y cuando esto sucedía, las patas de los perros comenzaban a hundirse en el agua gélida, entre llantos y aullidos que crecían, y el pánico se apoderaba de ellos. Sólo podía salvarlos la firme voz de mando del hombre que conducía el trineo y la decisión del perro guía. La comunicación entre ambos era clave.

Las grietas en el hielo eran otro de los peligros, acaso el más traicionero y frecuente. Acechaban ocultas, disimuladas bajo una fina capa de nieve recién caída y alisada por el viento. No era posible verlas, por más que uno aguzara la vista. Ciertos perros eran capaces de presentirlas: según se dice, las detectaban mediante el olfato. Pero no todos podían hacerlo. Así que había que ser extremadamente cuidadoso, porque algunas grietas eran tan anchas y tan profundas como para tragarse un trineo entero. Y, en caso de una emergencia como ésa, tenían que arreglárselas, perros y hombres, solos en medio del implacable desierto blanco. Tenían que ser un equipo, para cumplir el objetivo de la misión y volver a la base, sanos y salvos.

Poncho debía aprender a moverse en ese ambiente lleno de peligros. Tenía las condiciones; sólo necesitaba que le dieran la oportunidad de demostrarlo.

II – LOS PRIMEROS PASOS DE UN PERRITO POLAR

El cachorro pasó los primeros meses de su vida, el otoño y el invierno de 1961, cerca de su familia. Rondaba las casas, provocaba a otros cachorros y alguna vez intentó “visitar” la pingüinera cercana, para terror de los pingüinos Adelia que allí vivían.

“Coca”, su madre, era una hermosa perra, de expresión vivaz, muy veloz y obediente. “Flecha”, el padre, era un animal de porte imponente, y con sus casi 50 kilos de peso tiraba del trineo con gran energía. Ambos mostraban en su fisonomía una mezcla de rasgos característicos de las razas caninas tradicionales del Polo Norte, sobre todo del Malamute de Alaska, y también del Perro Groenlandés y del Husky. Esas “sangres” habían sido elegidas por especialistas del Ejército Argentino para conformar una nueva raza de perros de trineo: el Perro Polar Argentino.

Presentes en los genes de todos los perros de las bases argentinas, estas tres razas -junto con aportes menores de otras castas árticas primitivas, como el antiquísimo Bjelkier (“perro blanco”, de los nómades del norte de Rusia) o el Perro Esquimal de Canadá (el “qimmiq” de los inuit)- habían formado un tipo de animal perfecto para vivir y trabajar en la Antártida. Los padres de Poncho eran claros exponentes de esa fusión de sangres y como tales habían estado sirviendo bien, por naturaleza y por adiestramiento, haciendo lo que se esperaba de ellos. Ahora cumplían con la Patria aportando sus crías a una nueva generación de cachorros de la “raza en formación” que el Ejército Argentino había decidido crear y desarrollar, como una de las tantas acciones de un ambicioso plan nacional para ocupar efectivamente el sector antártico más cercano a nuestro territorio.

Esa ocupación había comenzado ya en 1904, con una pequeña estación meteorológica en la isla Laurie, del grupo de las Orcadas del Sur. Luego se instalaron más bases argentinas (sobre todo al sur del Círculo Polar Antártico); se fundó un instituto científico para concentrar el estudio de temas antárticos; se mandó construir un buque rompehielos; se exploró y se cartografió mucho; se instalaron refugios; se imaginó un “caserío polar” a partir de una base que estuviera habitada por familias, con escuela y todo.

Y ese impulso inicial ha sido sostenido a lo largo de los años, con todo el esfuerzo que fue posible, con los altibajos de cada época. También se recorrió la Península Antártica de punta a punta, y se alcanzó por tierra el Polo Sur geográfico. En ambas expediciones se usaron trineos de perros y tractores a motor, combinados.

(¡El Polo Sur…! Hasta ahí llega el mapa de nuestro país, y en ese entonces nadie lo dudaba. En aquella época, los argentinos pensábamos a largo plazo. Y para llevar adelante nuestros anhelos echábamos mano de todos los medios disponibles, empezando por la voluntad. Gracias a aquel espíritu, a esa convicción, todavía estamos ahí, sosteniéndonos.)

El trineo de perros ya estaba asimilado como el medio de transporte más fiable, seguro, liviano, económico y versátil para moverse en los ambientes polares. Lo usaban los pueblos del Ártico desde hacía miles de años, ¿por qué no habría de usarse también en el Antártico? De hecho, la expedición sueca de 1902 -uno de cuyos integrantes era argentino- se movió con perros a lo largo de unos 600 kilómetros, por la costa Este de la Península Antártica. Todo un antecedente.

Claro que con el uso de perros no se pretendía desplazar a los más modernos vehículos a motor, con tracción a orugas, pero en numerosos casos el trineo demostraría ser mucho más eficiente. Ya lo había hecho en la carrera por la conquista del Polo Sur, en 1911, y en otras expediciones posteriores. Los tractores todavía fallaban, eran demasiado pesados y sus mecanismos se congelaban; los ponis siberianos llevados por los británicos no habían tolerado las bajas temperaturas y habían muerto tras agonías injustificables… En cambio, los perros seguían en carrera y la Argentina apostaba fuertemente por ellos.

Así fue que, hacia 1951 (diez años antes de que Poncho viniera al mundo), unos treinta suboficiales enfermeros veterinarios del Ejército fueron convocados para trabajar en una rigurosa selección de animales y para llevar adelante un cruzamiento sistemático, a fin de generar una base genética y un estándar para la futura raza de perros. En realidad, más que un estándar, y lejos de querer criar mascotas de compañía o “accesorios de moda” (como parecen ser algunas razas caninas actuales), lo que se buscaba era que los perros polares argentinos fueran animales funcionales, fuertes, inteligentes y obedientes, que realmente sirvieran en la tracción de trineos. Era el mismo criterio que habían seguido por generaciones los viejos pueblos árticos en la crianza de sus propios canes. No importaba demasiado el aspecto del animal o el color de su pelaje, sino su actitud ante el trabajo y su eficiencia en el tiro.

En eso andaban, cuando nació nuestro amigo, que tenía en potencia muchas de las características que se buscaba establecer como norma para los perros polares argentinos: la fuerza tractora de los Malamutes, la dureza y resistencia de los Groenlandeses y la ductilidad de los Huskies, sin hablar del carácter, que en Poncho reunía lo mejor de cada raza.

Mientras tanto, y a pesar de ser todavía un cachorro, entre los miembros de la dotación de la base, Poncho era además todo lo popular que un perrito de trabajo puede ser. Con su “cara sucia” y su don natural para el juego y para tomar la iniciativa, ya se había ganado la simpatía de los hombres, y el respeto de toda la jauría.
Como se hacía con cada perro polar que nacía en las bases argentinas, en “Esperanza” se abrió un legajo también para Poncho. En esa carpeta figuraban: todos sus datos de identidad y filiación (muy importante para evitar la consanguinidad en futuros cruzamientos); una foto (que se actualizaba hasta que el animal alcanzaba la edad adulta); una ficha relativa a su instrucción (nombre del instructor, concepto de su rendimiento año por año); observaciones sobre su temperamento y capacidad para el trabajo; una foja de servicios en que se detallaba las campañas realizadas año por año, los kilómetros recorridos y la evaluación que se hacía sobre su trabajo; además de una completa ficha veterinaria, donde se anotaba la fecha de aplicación de vacunas, el tratamiento de heridas o enfermedades, etc.

“¡Poncho…! ¡Qué bien suena el nombre de este perro!”, decían todos en la Base. “¿Por qué lo habrán llamado así? ¿Será por lo lanudo y abrigado?”, se preguntaban, sonriendo. “¿O será porque nos cubrirá algún día, nos protegerá cuando andemos de patrulla, a la intemperie?”, pensaba otro, imaginando los años por venir.

En cualquier caso, acertaban. Bastaba ver a Poncho de cerca para darse cuenta de que habría de convertirse en poco tiempo en un magnífico ejemplar de perro polar, en un arquetipo de la raza, dotado de un pelaje soberbio, capaz de rivalizar con los antiguos “perros-manta”, que los nómades samoyedos de Siberia usaban como abrigo en sus campamentos, simplemente echándose a dormir junto a ellos, o para “resucitar” a alguna víctima del frío extremo.

Gracias al manto multicapa que lo envolvía (lana, pelo y subpelo denso e impermeable, más una capa aislante de grasa subcutánea de dos centímetros de espesor), Poncho y los demás perros polares argentinos estaban prácticamente “blindados contra el frío”, como alguien afirmó. Al menos por su cobertura exterior, se trataba de verdaderos “ponchos”, capaces de soportar temperaturas por debajo de los 70 grados bajo cero. Hay registro de que, cierta vez en que una patrulla visitaba la base antártica rusa Vostok, el termómetro marcó menos de 83 grados bajo cero (casi el récord mundial, que fue de -89,2 grados, en ese mismo lugar), y aún así, los perros permanecieron afuera, enroscados sobre sí mismos, pero bien vivos. Realmente, eran unos verdaderos ponchos, todos ellos.

Pero también era cierta esa imagen más simbólica, la de que Poncho “cubriría” y daría protección a sus compañeros de aventuras, cuando estuvieran desamparados en medio de la nada. En efecto, eso ocurriría en poco tiempo más, apenas se presentasen las condiciones para que sus capacidades quedasen a la vista.

El nombre “Poncho” era ciertamente muy apropiado. En general, los apelativos que les daban a los perros polares argentinos eran agradables y fáciles de recordar. A veces se debían a alguna característica física del animal o de su carácter, y otras veces simplemente era una palabra que surgía en medio del trabajo y resultaba “aprobada” por los miembros de la dotación.

Dardo, Tango, Gringo, Flecha, Lobo, Gitano, Trapo, Reno, Indio, Canela, Bucky, Gaucho, Pato, Crema, Pampa, Toro, Lana, Boby, Tucho, Dusky, Coca, Duque, Tita, Marino, Polar, y otros más curiosos, como Ombú, Careta, Andresito, Mate, Pimpollo, Arrancol, Lapataia, Pincén, Sombra, Zapiola, Sapo, Feo, Alí, Santo y Primavera, eran algunos de los tantos nombres que recibieron estos perros. Debían ser palabras cortas, de fácil pronunciación y, en lo posible, que resultasen inconfundibles para los animales. Ellos tenían que reconocer su nombre desde el principio.

Los cachorros podían mostrar rápidamente sus aptitudes; simplemente había que observarlos durante sus juegos con otros perros. Poncho, además de tener iniciativa, mostraba tenacidad y a veces hasta fiereza para imponer su voluntad. Jugaba, pero siempre jugaba a ser el líder.

III – Ganándose un lugar en el trineo

Muy pronto descubrió que había algo más interesante para hacer que jugar con otros cachorros. Sus instructores, un oficial y un suboficial, que lo conocían bien, le calzaron un arnés de su medida y lo ataron al tiro de un trineo. Querían probar su inteligencia para reconocer y obedecer las órdenes. Era muy importante lograr esto en un perro a edad temprana, porque hasta el momento, los perros-guía de la jauría de la Base “Esperanza” habían sido algo rebeldes o distraídos, no obedecían, y eso obligaba a que un hombre debiese ir por delante del tiro, conduciéndolos, mientras trataba de mantener el rumbo orientándose con la brújula en la mano. Así, la marcha se veía entorpecida por las sucesivas paradas. No se avanzaba, y todos, perros y hombres, se cansaban. Además, se trataba de un procedimiento extremadamente peligroso: un hombre adelante, además de ser incapaz para detectar una grieta, era el candidato perfecto para caer en una. El perro-guía, en cambio, iba unido al trineo gracias al arnés, y repartía el peso sobre sus cuatro patas. Resultaba menos vulnerable.

En aquellos días, dos perrazos blancos llamados Reno y Gaucho actuaban como líderes del tiro, aunque cumplían con su rol sin demasiado entusiasmo. Había otro, que respondía al nombre de Indio, que era muy camorrero, y de tanto pelear tenía “el cuero picoteao”, como dice el tango. Pero era valiente en zonas de grietas y por eso iba adelante.

Con sólo seis meses de edad, el joven Poncho ocupó un lugar entre las yuntas que tiraban de los trineos. Al principio era uno más, pero pronto demostró un ímpetu en el empuje y una inteligencia tales que los instructores comprendieron que estaban en presencia de un futuro guía. Aprendía rápido y estaba siempre dispuesto. En muy poco tiempo, Poncho se ubicaría al frente del grupo.

Un dato a considerar: las hembras se destacaban por ser muy buenas guías. No se distraían tanto como los machos y ejercían sobre la jauría un cierto poder, acaso más sutil, sin necesidad de recurrir a la violencia. Y eran más obedientes.

Es que, básicamente, los perros de trineo que aspirasen a liderar el tiro debían imponerse naturalmente a la jauría, y ser capaces de responder correctamente a las voces de mando del conductor. Si el hombre decía “¡Drek!”, el perro debía doblar hacia la derecha, y si se le ordenaba “¡Quierr!”, debía hacerlo hacia la izquierda. Muy fácil. Pero, a pesar de su simplicidad, algunos perros no podían seguir ese procedimiento básico.

Hay quienes sostienen que la distracción o la desobediencia en un perro de trineo pueden deberse a los sucesivos cambios de instructor, o a la falta de coherencia en las órdenes que recibe, o a una práctica poco frecuente. Estos factores, entre otros, claro, suelen confundir a los animales provocando que adquieran mañas muy difíciles de quitar.

Las órdenes o voces de mando específicas para la dirección de trineos de perros tuvieron su propia evolución en nuestra Antártida. No todos los instructores usaron el mismo código; por ejemplo, algunos ensayaron con buenos resultados las órdenes que, al parecer, eran tradicionales entre los inuit: “Auk” para la derecha, “Irra” para la izquierda (pronunciado como un gruñido “aigrr”). No son las que utilizan hoy muchos “mushers” en las actuales carreras de trineos, que en cambio dicen: “Gee” (pronunciándolo “shí”, para indicar derecha), y “Haw” (“Jo”, para izquierda).

También se usa “Gosh” (del francés “Gauche”) para indicar el giro a la izquierda, “Huit”, para ir más rápido, etc. Y hay tantísimas otras combinaciones, según los gustos y el mayor o menor éxito que obtenga con ellas cada conductor. Algunos instructores y patrulleros antárticos usaban también el clásico sonido de beso, repetido y rápido, para aumentar la velocidad, o el “Siga, siga” para mantener el ritmo de marcha; y el “Ohhh…” sostenido para detenerse suavemente, como se estila con los caballos en el campo. El “¡Alto!”, “¡Pare!” o “Stop” eran y siguen siendo válidas, aunque hoy se utiliza una expresión que suena como “Jú-a”, también para detenerse.

Como quiera que fuesen, Poncho aprendió rápidamente las órdenes. Una vez, el oficial que lo adiestraba se ciñó una ancha cincha a la cintura, con una larga tiradera, y ató a Poncho al otro extremo. Le dio la orden de avanzar, luego ¡Auk! para girar a la derecha, luego ¡Quierr! para la izquierda, y así. Con cada nuevo giro, Poncho más se entusiasmaba. ¡Costó detenerlo! Era tanta la potencia de arrastre del animal, que el oficial terminó el día agotado.
Agotado, pero feliz, porque el perro respondía.

Llegaron a practicar una especie de “slalom” entre unos postes que había en la Base, una y otra vez durante toda una semana, al cabo de la cual Poncho ya estaba prácticamente listo para salir de patrulla. El instructor solía dedicar furtivamente algunas porciones de su propio “corned beef” (carne enlatada) para alentar al perro en sus aprendizajes diarios.

Sin embargo, el cachorro (que ya tenía un físico enorme para su edad, con casi 25 kilos) todavía tenía que pulir sus modales. Es que por momentos trataba a sus compañeros de tiro con un poco de agresividad, y eso provocaba peleas. Las jaurías, especialmente las de perros de trineo, son organizaciones fuertemente jerarquizadas; el Ejército también (¡y Poncho pertenecía a ambos mundos!).

Uno aprende a mandar a otros sólo si antes ha educado su propia obediencia. Los instructores entendieron que era necesario atar a Poncho al trineo con mayor frecuencia. Fue puesto a trabajar como “Número 5”, y a veces hasta en la tercera yunta, con los “troncos”. Allí aprendió, entre otras cosas, a medir su fuerza, a sostener un ritmo de marcha constante, a convivir con los demás, a compartir, a esperar. No era él el único perro importante del equipo; si lograba entender esto, quizás podría con el tiempo convertirse en un buen guía, en el “Número 1”.

La Expedición Terrestre Invernal Antártica, de 1962

Mientras le tocó ser uno más de la jauría, Poncho tuvo la ocasión de realizar varias patrullas de exploración, y hasta una excursión larga, que sería la primera de su vida. A principios de 1962, un grupo partió desde la Base “Esperanza” con rumbo sur, hasta el glaciar Victoria, con la misión de efectuar un reconocimiento del terreno. Todo apuntaba a una expedición mucho más importante, que se estaba proyectando para el invierno de ese mismo año. Se trataba de la célebre Expedición Terrestre Invernal Antártica, que uniría la Base “Esperanza”, situada sobre la bahía de igual nombre, con la Base “General San Martín”, levantada a orillas de la bahía Margarita.

Ambas bases estaban distantes entre sí unos 800 kilómetros en línea recta, lo que supondría un recorrido total de ida y vuelta de más de 2.000 kilómetros, a lo largo de la Península Antártica, sobre la Barrera de Hielos Larsen y los Andes Antárticos. Casi cinco meses de travesía en pleno invierno polar. Una verdadera epopeya.

El grupo que integraba Poncho se dirigiría, en principio, hasta la recientemente inaugurada Base “Teniente Matienzo”, construida sobre uno de los nunataks Foca. “Nunatak” es la palabra que en inuktitut (la lengua de los inuit, o esquimales) define a cualquier afloramiento de roca rodeado por un glaciar; significa literalmente “pico solitario”. Algo así como una isla en medio del hielo. La Base “Matienzo” está más precisamente sobre el nunatak Larsen, uno de esos “picos solitarios” del grupo Foca. Ese lugar serviría como primera escala en la gran expedición.

La marcha comenzó el 14 de junio de 1962. Durante casi un mes, perros y hombres marcharon a paso lento, condicionados por las fuertes pendientes, la gran acumulación de nieve y las interrupciones constantes por las grietas ocultas, que representaban el mayor peligro. Los vehículos a motor que formaban parte del grupo sufrieron varias caídas en esas trampas invisibles, que medían en algunos casos hasta 300 metros de profundidad.

Los Sno-cats 443-A, dotados de orugas articuladas en sus cuatro pontones y un motor de 115 caballos de fuerza, pesaban por sí solos unos 1.800 kilogramos, y llevaban sus correspondientes trineos de arrastre, cargados con pesos de hasta 2.000 kilos. Cuando cruzaban una grieta, casi siempre era el tren trasero el que tendía a hundirse. Era la
parte del vehículo que soportaba el mayor peso. Y afortunadamente sucedía así, porque de haber caído el tren delantero, serían los componentes vitales del aparato (motor, faros y sistema de refrigeración) los que se hubiesen visto dañados.

Como los Sno-cats iban “encordados”, es decir, unidos entre sí por cables de acero o gruesas cuerdas de nylon de entre 50 y 80 metros de largo, siempre existía la posibilidad de traccionar al vehículo caído. (Más adelante veremos cómo los trineos de perros evitaban caer en aquellas fisuras, de un modo más elemental, pero muy efectivo.)

Habiendo dejado atrás la base “Matienzo”, el 29 de julio la Expedición cruzó el Círculo Polar Antártico (en la latitud 60 grados Sur) y continuó la marcha por varios días más hasta alcanzar la caleta Carretera. En esa etapa, la columna debió enfrentar la temperatura más baja de la campaña, que fue de 42,5 grados bajo cero.

En ese contexto, el frío extremo no resultaba desalentador, como podría pensarse. Al contrario. Es cierto que afectaba seriamente a los vehículos a motor en muchos aspectos, pero al menos garantizaba la firmeza del suelo, que en la mayor parte del recorrido era simplemente mar congelado. En ese sentido, durante las etapas de regreso de esta expedición, que se desarrollaron en plena primavera de 1962, el camino presentó las típicas dificultades asociadas al descongelamiento del hielo marino.

Los Sno-cats, pesadísimos en comparación con los trineos de perros, se hundían en una sopa gris de casi un metro de profundidad, por lo que la única alternativa viable era la tracción animal.

Otro de los problemas que enfrentaron los expedicionarios fue el casi continuo mal tiempo. Ventiscas que se prolongaban por días y días tapaban de nieve los vehículos, los campamentos, todo. Los hombres debían hacer guardias rotativas permanentes con la sola misión de mantener desenterrados a los equipos y a los perros.

Tras una noche de tormenta, a la mañana siguiente era posible no encontrar más que un manto blanco. El panorama era desolador: se veía como si los animales hubiesen decidido huir en masa durante la noche. Pero no; estaban ahí mismo, bajo uno o dos metros de nieve, acurrucados, esperando que el temporal amainase.

Cuando por fin la marcha se reanudaba, el avance se volvía aún más lento por lo pesado del suelo. La nieve caída todavía no estaba compactada. Pero al menos se avanzaba.

Los Sno-cats quedaron en caleta Carretera, y los hombres continuaron sólo abriéndose camino con dos jaurías de ocho animales cada una. El 17 de agosto los trineos comenzaron a atravesar la península para cruzar la Cordillera Antártica. De paso, se daban el lujo de honrar a Don José de San Martín en la fecha que lo recuerda, y haciéndolo nada menos que con un memorable Cruce de los Andes… Antárticos. Definitivamente, la Expedición había sido muy bien planificada. Por fin, la Base “General San Martín”, cenit de la travesía, fue alcanzada en trineo de perros el 25 de agosto. A lo largo de una semana completa, los canes habían tenido que traccionar cuesta arriba hasta los 1.842 metros sobre el nivel del mar, punto más alto de la meseta que sirve de marco a la Base.

La “San Martín”, ubicada a orillas de la bahía Margarita, estaba desocupada en esos momentos. Los expedicionarios se instalaron allí, y permanecieron todo un mes, reponiéndose del esfuerzo. En realidad, juntaban fuerzas para el regreso, que –como ya vimos- tampoco sería fácil.

El mes no pasó en vano: se organizaron patrullas cortas por los alrededores, se reabastecieron refugios cercanos como el “Yapeyú”, y se hicieron reparaciones en el equipamiento. Apenas dejaron “San Martín”, el espantoso clima predominante comenzó a castigarlos. El camino que antes habían hecho en ocho días (de caleta Carretera a bahía Margarita), esta vez les estaba demandando el doble. Vientos huracanados y visibilidad cero eran las condiciones que encontraban cada vez que asomaban la cabeza por el agujero de las carpas.

Preocupaba sobremanera poder salir cuanto antes de esa situación y alcanzar los Sno-cats que habían quedado en caleta Carretera, con la carga principal. Es que los trineos de perros tenían una autonomía de 20 días, no más que eso. Si ese plazo se vencía sin haber logrado salir, los expedicionarios iban a verse en la triste obligación de sacrificar a alguno de sus compañeros caninos, y alimentar con su carne al resto de los perros. Aunque la idea les repugnaba, era lo que se había hecho en las expediciones clásicas en ambos polos.

Por fortuna, se produjo un claro en la tormenta y la marcha pudo reanudarse. Pero los hombres quemaron casi todas sus reservas de energía en esos primeros días de regreso a “Esperanza”, desesperados por salir cuanto antes. La huella en la nieve blanda debía ser abierta paso a paso, si no se quería extenuar a los perros. Aunque estaban muy bien alimentados, todos perdieron peso, incluidos los animales.

Vale mencionar que la dieta de los perros polares consistía en una ración diaria de medio kilo de “pemmican”, que era una mezcla compuesta por: 325 gramos de carne en polvo, 100 gramos de grasa, 57,5 gramos de avena, 2,5 g de sal, 5 g de aceite de hígado de bacalao y 10 g de lactato de calcio.

Algunas expediciones echaban mano de los abundantes recursos alimenticios existentes en la Antártida para, en la medida de lo posible, alimentar a sus animales con carne fresca. Se cazaban focas o se permitía que los perros atrapasen algunos pingüinos. Ese saludable cambio de dieta les renovaba los bríos, y ponía brillante y untuoso su pelaje.

El encargado de las jaurías durante aquella Expedición Invernal era un cabo primero muy querido por todos. Amaba a los animales, y no perdía detalle de lo que le pasaba a cada perro, todos ellos diferentes entre sí. Es que en los tiros de los trineos convivían animales viejos y jóvenes, más o menos pesados, según sus fisonomías diversas y la mezcla de razas que los componía. Entre ellos, algunos eran descendientes de los primitivos 39 animales comprados en Alaska por el Ejército Argentino, y de otros 40, oriundos de Groenlandia, traídos en 1954 para reforzar las primeras jaurías.

Fue un célebre y decidido coronel, principal impulsor de la presencia argentina en la Antártida, quien tuvo la visión de adquirir aquellos animales y traerlos hasta aquí. Este oficial había sido enviado a Alaska en 1949, para capacitarse en técnicas de exploración ártica, y no volvió con las manos vacías: trajo los primeros perros polares y muchos proyectos.

Aquel pionero, años más tarde, recordaba con dolor la pérdida de los dos mejores animales de su grupo, desaparecidos en grietas durante una patrulla cercana a la Base “San Martín”, fundada por él en 1951. Sin perros- guía, sus posibilidades de exploración se vieron reducidas casi a la inmovilidad. “Lleva mucho tiempo adiestrar a un nuevo perro para que lidere el trineo”, afirmaba.

Lleva mucho tiempo; al menos, eso es lo que dice la mayoría de los adiestradores de perros. Pero Poncho fue la excepción. Como ya vimos, su primer instructor, un oficial que actuó como segundo jefe de la gran Expedición Terrestre Invernal del ‟62, ocupó sólo diez días (salteados, a lo largo de un mes, y sólo un par de horas diarias) en enseñarle lo fundamental. Claro, fue un trabajo individual, “personalizado” podríamos decir, entre el oficial y el perro. Terminaron haciéndose grandes amigos.

Por supuesto, Poncho ya tenía aquel don, y el hombre supo sacarlo a la luz. De hecho, fue durante el regreso desde la Base “San Martín” cuando Poncho fue colocado por su oficial instructor en el puesto Número 1 del tiro. No iba abriendo camino, es cierto, pero seguía con eficiencia la huella del otro trineo, y eso era suficiente. Tenía ya un año y medio de edad.

Poncho ya había adquirido un hábito que lo acompañaría el resto de su vida: apenas el trineo se detenía en medio de la marcha, indefectiblemente el perro se echaba y se daba vuelta hacia donde estaba el conductor…

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